Un labrador que deja de apoyar una pata trasera después de perseguir una pelota, un perro que se sienta con una pierna estirada hacia un lado o uno que cojea más al levantarse de la cama son escenas muy repetidas en la consulta de fisioterapia veterinaria. Detrás de muchas de ellas está la rotura de ligamento cruzado en perros, la lesión de rodilla más frecuente en la especie y una de las causas principales de cojera en las patas traseras.
La buena noticia es que tiene tratamiento y que la mayoría de los perros vuelven a caminar, correr y jugar. El resultado depende de dos cosas que van de la mano, la técnica que elija el cirujano veterinario y el trabajo de rehabilitación de las semanas posteriores.
Según el Colegio Americano de Cirujanos Veterinarios (ACVS), entre un 40 % y un 60 % de los perros que se rompen el ligamento de una rodilla acaban lesionando también el de la otra, a menudo en el año o año y medio siguiente al diagnóstico. La misma fuente recoge una mejoría significativa en el 85-90 % de los perros operados, y señala que la rehabilitación acelera la recuperación, sea cual sea la técnica quirúrgica.
Para entender por qué ocurre y cómo se trata, el punto de partida es la propia rodilla y el papel que cumple este ligamento en cada paso.
El ligamento cruzado craneal es una banda de tejido fibroso que une el fémur con la tibia por dentro de la rodilla y evita que la tibia se desplace hacia delante cuando el perro apoya la pata. En los perros, a diferencia de lo que ocurre en las personas, la rotura casi nunca se debe a un golpe puntual, sino a una degeneración lenta del ligamento en la que influyen el peso, la edad, la genética y la forma de la propia rodilla.
En las personas se habla de ligamento cruzado anterior; en los perros, como caminan sobre cuatro patas, el equivalente se llama craneal. Su trabajo consiste en estabilizar la rodilla. Cada vez que el perro carga peso sobre la pata trasera, la tibia tiende a deslizarse hacia delante por la inclinación de su superficie superior, la llamada meseta tibial. El ligamento frena ese movimiento. Cuando falla, la rodilla queda inestable, la articulación se inflama y empieza a desgastarse.
La mayoría de las roturas son el final de un proceso de desgaste que puede durar meses. El ligamento pierde resistencia, aparecen pequeñas fisuras y un día, a veces con un gesto tan simple como girar de golpe en el parque, termina de romperse. Entre los factores que aumentan el riesgo están el sobrepeso, la falta de masa muscular, la edad y la conformación de la pata.
Hay razas con una predisposición clara, como el labrador, el rottweiler, el terranova, el staffordshire terrier, el mastín, el akita o el san bernardo. En el labrador y el terranova se ha descrito además un componente hereditario. Los perros pequeños también se lesionan, aunque con menos frecuencia, y en ellos la rotura aparece a menudo junto a una luxación de rótula.
El síntoma principal es la cojera de una pata trasera, que puede aparecer de golpe o ir y venir durante semanas. Su intensidad depende de si la rotura es completa o parcial y de si el menisco también se ha dañado.
Cuando el ligamento se rompe del todo, el perro suele dejar de apoyar la pata de forma repentina o la apoya solo con la punta. La rodilla se inflama en pocos días y el perro evita doblarla. Al sentarse, muchos estiran la pata afectada hacia un lado en lugar de recogerla bajo el cuerpo, un gesto que en consulta se conoce como «signo de sentarse».
La rotura parcial es más difícil de detectar. El perro cojea un poco después del ejercicio o al levantarse tras un rato tumbado, y mejora con el reposo, lo que lleva a muchos tutores a pensar que se trata de un golpe sin importancia. El problema es que una rotura parcial casi siempre progresa hasta romperse por completo, y mientras tanto la rodilla ya se está desgastando. Con el tiempo aparece pérdida de músculo en el muslo y la articulación se nota más gruesa por la cara interna.
Los meniscos son dos cartílagos en forma de media luna que amortiguan la rodilla. Con la inestabilidad, el menisco interno puede quedar atrapado y romperse. Un chasquido al caminar o un empeoramiento brusco de una cojera que parecía estable son pistas de esta lesión, que el cirujano revisa y trata en la misma intervención.
El diagnóstico empieza con la exploración de la rodilla. El veterinario busca dos pruebas de inestabilidad, el movimiento de cajón craneal, que consiste en desplazar la tibia hacia delante respecto al fémur, y la prueba de compresión tibial, en la que flexiona el tarso para ver si la tibia se adelanta. En roturas completas y recientes estas pruebas son bastante claras; en roturas parciales o antiguas, el movimiento es más sutil y a veces hace falta una ligera sedación para que el perro relaje la musculatura.
Las radiografías completan la valoración. No muestran el ligamento, pero sí la inflamación dentro de la articulación, la artrosis que ya se haya formado y la inclinación de la meseta tibial, un dato necesario para planificar algunas cirugías. En casos dudosos se recurre a la ecografía, la resonancia o la artroscopia.
La cirugía es el tratamiento que mejor controla la inestabilidad de la rodilla de forma permanente, sobre todo en perros medianos, grandes o muy activos. Existen dos grandes familias de técnicas, las que cambian la geometría del hueso para que la rodilla sea estable sin ligamento y las que lo sustituyen con una sutura. La elección corresponde al cirujano y depende del peso, la edad, el nivel de actividad y la anatomía de cada perro.
La osteotomía de nivelación de la meseta tibial, conocida por sus siglas en inglés TPLO, consiste en cortar la parte superior de la tibia, rotarla para reducir su inclinación y fijarla con una placa. Con la meseta más horizontal, la tibia deja de deslizarse hacia delante al cargar peso. Es una de las técnicas más utilizadas en perros grandes y activos.
El avance de la tuberosidad tibial, o TTA, también modifica el hueso, pero de otra forma. Se adelanta la cresta de la tibia donde se inserta el tendón rotuliano para cambiar el ángulo con el que trabaja el cuádriceps y neutralizar el empuje de la tibia. Se indica en perros con una anatomía de rodilla concreta, que el cirujano valora en las radiografías.
En esta técnica se coloca un hilo de material resistente por fuera de la articulación que imita la función del ligamento mientras se forma tejido cicatricial alrededor. Es un procedimiento menos invasivo y más económico, y se reserva sobre todo para perros pequeños o de poco peso, porque en perros grandes y jóvenes la sutura puede aflojarse o romperse antes de que la rodilla se estabilice.
Técnica | Cómo estabiliza la rodilla | Perfil de perro más habitual |
|---|---|---|
TPLO | Rota la meseta tibial para reducir su inclinación y la fija con una placa | Perros medianos y grandes, activos |
TTA | Adelanta la cresta tibial para cambiar el ángulo del tendón rotuliano | Perros con una anatomía de rodilla compatible |
Sutura extracapsular | Sustituye el ligamento con un hilo colocado por fuera de la articulación | Perros pequeños o de poco peso |
Ninguna técnica es mejor que las demás para todos los perros. Lo que sí comparten las tres es que el resultado final depende en gran medida de cómo se gestionen las semanas de reposo controlado y la vuelta progresiva al ejercicio.
El tratamiento sin cirugía combina reposo estricto, control del dolor, pérdida de peso cuando hace falta y un programa de fisioterapia. Con el tiempo se forma tejido cicatricial alrededor de la rodilla que le da algo de estabilidad. Funciona mejor en perros pequeños y tranquilos que en razas grandes, y es una alternativa cuando la anestesia supone un riesgo alto por la edad o por otras enfermedades.
Hay que tener en cuenta sus límites. La rodilla queda más expuesta a nuevas lesiones, la artrosis tiende a avanzar más rápido que tras la cirugía y la recuperación es más lenta. Algunos veterinarios proponen una ortesis de rodilla como apoyo, aunque hay pocos estudios sobre sus resultados y puede producir rozaduras si no se adapta bien. En perros con roturas parciales, la fisioterapia también ayuda a mantener la masa muscular y a llegar a la cirugía en mejores condiciones.
La rehabilitación empieza en cuanto el cirujano lo autoriza, a veces en los primeros días tras la operación, y avanza por fases según la cicatrización del hueso y de los tejidos blandos. Los plazos que siguen son orientativos y siempre se ajustan a la técnica empleada, a las radiografías de control y a la respuesta de cada perro.
El objetivo es controlar el dolor y la inflamación y mantener el movimiento de la articulación. Se aplica frío local en los primeros días, se hacen movilizaciones pasivas suaves de la rodilla y la cadera y se permiten paseos muy cortos con correa para que el perro haga sus necesidades. En esta fase, el perro debe estar en un espacio reducido, sin saltos ni escaleras.
Los cuidados de las primeras 72 horas, que son los más delicados, los explicamos paso a paso en nuestra guía de rehabilitación postoperatoria.
Con la herida cerrada y el dolor controlado, el trabajo se centra en que el perro vuelva a cargar peso sobre la pata operada. Los paseos con correa se alargan poco a poco y se introducen ejercicios sencillos, como sentarse y levantarse de forma controlada, desplazar el peso de un lado a otro o caminar despacio sobre superficies distintas. Hacia las ocho semanas se repite la radiografía para comprobar que el hueso ha consolidado.
Si el control radiográfico es favorable, se añaden cuestas suaves, obstáculos bajos tipo cavaletti, ejercicios de equilibrio y paseos más largos. El objetivo es recuperar el músculo perdido en el muslo y la confianza del perro al apoyar. De forma orientativa, la mayoría de los perros retoma su actividad normal entre los tres y los seis meses posteriores a la cirugía, aunque los perros deportistas necesitan una vuelta al ejercicio más pautada.
Los ejercicios terapéuticos son la base de la recuperación, y las terapias físicas ayudan a que el perro llegue a ellos con menos dolor y mejor tono muscular.
En Masscan combinamos la laserterapia y la magnetoterapia para reducir la inflamación y favorecer la cicatrización, la radiofrecuencia Indiba para mejorar la circulación en los tejidos profundos, la electroestimulación para frenar la pérdida de músculo y los vendajes neuromusculares como apoyo en las fases de más carga. Puedes ver cómo encajan en un plan individual en nuestra página de fisioterapia canina.
Lo que ocurre en casa entre sesión y sesión pesa tanto como el tratamiento en consulta. Estas medidas reducen el riesgo de recaídas y de complicaciones con los implantes.
Sí, sobre todo si es pequeño y tranquilo, y siempre con un tratamiento conservador bien llevado. Aun así, la rodilla queda menos estable y la artrosis tiende a progresar más rápido, por lo que en perros medianos y grandes la cirugía suele ofrecer mejores resultados a largo plazo.
La consolidación del hueso tras una TPLO o una TTA se comprueba hacia las ocho semanas, y la vuelta a la actividad normal llega, de forma orientativa, entre los tres y los seis meses. La rehabilitación acorta los tiempos y mejora la calidad del apoyo.
Es bastante frecuente, porque la degeneración suele afectar a las dos rodillas y la sana soporta más carga durante la recuperación. Mantener un peso adecuado y una buena musculatura en ambas patas es la mejor forma de reducir ese riesgo.
Si tu perro tiene una cojera en una pata trasera que no termina de irse, o si ya está operado y quieres organizar su rehabilitación, en Masscan valoramos cada caso en nuestro centro de Sevilla o a domicilio. Puedes escribirnos o llamarnos desde la página de contacto y te explicamos cómo sería su plan de fisioterapia.
En Masscan, nos dedicamos a proporcionar servicios avanzados de fisioterapia y rehabilitación para mascotas en Sevilla, mejorando su salud y calidad de vida.